Para una educación de la virtud se necesitan las Experiencias Nativas, que entienden el acto pedagógico como el resultado de articular tres momentos: el territorio que nos interpela, la experiencia que nos desafía y la virtud que germina. Solo desde ahí se podría avanzar hacia la adquisición de un conocimiento teórico e ilustrado; de lo contrario, sería instalar contenido sin propósito.
Estos tres momentos que articulan el acto pedagógico de una Experiencia Nativa se explican así:
TERRITORIO: En las comunidades educativas, el territorio suele pasar desapercibido. Se usa como escenario estético o como recurso para el intelecto: una salida pedagógica aislada, a veces vistas como paseos de curso o actividades sin continuidad, en lugar de asumirse como parte fundamental de la enseñanza o como «primer educador». Esta separación crea una brecha difícil de sostener: la vida del estudiante avanza, pero la escuela enseña desde un camino desconectado de los ecosistemas. Con el tiempo, la distancia debilita la motivación, fragiliza la pertenencia, afecta a la cultura y limita el cultivo de la virtud. El territorio no es únicamente un contexto geográfico, sino un ecosistema vivo de relaciones culturales, ecológicas y sociales que condicionan de manera concreta la experiencia educativa.
Por tanto, una experiencia nativa debe sustentarse en un vínculo directo con el territorio presente. Llamamos territorio a todo elemento, variable y creación de los ecosistemas. El territorio son las lomas de los cerros, los jardines y los árboles. El territorio son los troncos, las piedras y las arcillas. El territorio es el viento, la lluvia, el silencio y los rayos del sol. El territorio son los peces, las harinas, los tomates y las aguas. Establecer vínculos con todo ello no requiere ir a la montaña, aunque por supuesto es deseable, pero el territorio puede ir a la escuela, al patio, a los talleres y a los espacios urbanos.
EXPERIENCIAS NATIVAS: las propuestas educativas predominantes en la actualidad nos alejan de las vivencias que sustentaron la vida en un primer momento. Las comunidades educativas generalmente carecen de inmersiones concretas, periódicas y extensas en experiencias ligadas a los territorios, como cocinar, refugiarse, explorar, registrar, expresarse y convivir, tal y como lo hicieron los primeros pueblos. En la educación tradicional, cuando hay experiencias, estas están asociadas directamente a un desafío curricular y se ven como un medio para otro fin, obviando el hábitat, los hábitos, la cultura, la identidad y el arraigo. Las experiencias con y en los territorios son la base más significativa del acto pedagógico.
Una vez establecido el vínculo con el territorio, se transita hacia la experiencia y lo que el territorio ofrece se transforma en elemento para contemplar, imaginar y transformar. Se exploran las lomas de los cerros, se contemplan los rayos del sol, se hace cuchara con el tronco, se faenan y cocinan los peces. Estas tareas primitivas son el corazón de una Experiencia Nativa, y es desde ellas que se cultiva la virtud.
VIRTUD: En la práctica escolar se enfrentan desafíos relacionados con la convivencia, las habilidades socioemocionales, ecológicas y de autonomía. En este contexto, la escuela se ve obligada a responder a conflictos y contingencias relacionados con el desarrollo humano, emocional, físico y social, para lo cual no cuenta con metodologías pedagógicas. El resultado suele ser el desgaste, la fragmentación y la pérdida de esperanzas. Esto sucede porque sin territorio ni experiencias es inviable cultivar la virtud y, sin virtud, los desafíos relacionados con la convivencia, la salud y las habilidades seguirán proliferando.
Al prolongarse las vivencias de inmersión en el quehacer primitivo, en las que se enfrenta a los estudiantes a sus territorios y experiencias relacionadas, se comienza a cultivar la virtud que sustenta el buen vivir. Vivir bien no es un estado que se alcanza, sino una forma de inclinación hacia la cotidianidad, una disposición que se cultiva día a día. Vivir bien es una aproximación autónoma, ecológica y ética que se siembra y cosecha en cada suspiro. Cuando alcanzamos aquella capacidad de cultivarnos, alcanzamos la virtud.









Las experiencias nativas se constituyen desde tres principios básicos que las definen:
- Deshabituación: para llevar a cabo estas Experiencias Nativas, es necesario tomar distancia respecto al hábitat y los hábitos modernos para activar el sentido primitivo de los participantes. Una experiencia real con el quehacer primitivo se enmarca en un momento significativo y sencillo, donde lo artificial debe quedar en un segundo plano y las vivencias de esta aventura deben ser el contenido formativo.
- Interpelación: para llevar a cabo estas experiencias, es importante que las vivencias sean reales y directas entre los participantes y la experiencia. Todo intermediario y dinámica solo actúan para facilitar y conducir este encuentro.
- Resiliencia: para llevar a cabo estas experiencias, las comodidades deben ser poco relevantes, ya que el objetivo es enfrentarnos directamente con lo nativo. Hay que asumir las dificultades, la incertidumbre y la incomodidad. El frío, el aburrimiento, el cansancio y la sabia superación de toda adversidad forman parte de este proceso pedagógico.
Las experiencias nativas se constituyen a partir de tres fases que las orientan:
- Preparación: cada experiencia nativa debe comenzar con la primera fase, en la que se transmiten los conocimientos prácticos necesarios para la inmersión en la Experiencia Nativa. Esta fase es fundamental, ya que permite a los participantes integrar las habilidades que harán de la experiencia un momento bien preparado.
- Inmersión: cada aventura de realizar una Experiencia Nativa, tras la preparación, debe adentrarse en la segunda fase, que consiste en profundizar en el quehacer primitivo. Es durante la inmersión cuando los estudiantes se encuentran significativamente con la exploración, los oficios y/o la expresión, lo que activa el proceso de cultivo de la virtud.
- Anclaje: cada aventura debe disponerse a la tercera y última fase, que permite decantar lo vivido, tanto a nivel individual como colectivo. Son los registros obtenidos en la experiencia de inmersión los que salen a la luz, desde lo individual hasta lo colectivo, y permiten elaborar en conjunto, a través del arte, la poesía o la música, un relato de la experiencia que permite el anclaje comunitario de lo vivido.
Las Experiencias Nativas se constituyen a partir de dos ritmos que las ordenan:
Al realizar la inmersión en el quehacer primitivo, se debe intentar resguardar la itinerancia entre los dos polos que rigen todas las cosas vivas. El polo activo y el polo receptivo, dejando que la experiencia transite de uno a otro de forma natural, sin situarse jamás en uno solo. Estos polos se pueden entender de la siguiente manera:
- El polo activo se refiere al hacer, al día, al movimiento, al ruido, a la vida, a lo iluminado, al crecimiento, a lo lleno, etc. Las Experiencias Nativas deben tener sus momentos activos, creativos y punzantes.
- El polo receptivo se refiere a la inacción, la noche, la quietud, el silencio, la muerte, lo oscuro, la descomposición, el vacío, etc. Las Experiencias Nativas deben tener sus momentos receptivos, descomponedores y suavizantes.
